Quintaessencia_Post

Desde que era pequeño Sergio era un fanático de las historias de fantasía y ciencia ficción. En su coche tenía (de la misma manera que algunos llevan santos) una figura de Luke Skywalker para que lo protegiera de los accidentes automovilísticos.

La luna era la única fuente de iluminación en esa tierra olvidada por los dioses y esta se reflejaba en unos ojos que el héroe describiría después como los de una fiera, pero parecían en realidad los ojos de un pez muerto. El pequeño viajero desenvainó su espada y la usó para apuntar a la extraña criatura.

Por el rabillo del ojo, Sergio podía ver a Ernesto, el programador, espiándolo. El diseñador no entendía porqué, pero Ernesto siempre encontraba excusas para usar el ordenador de Sergio. Mantenimiento, probar la web, etc…

A pesar del penoso primer encuentro, el viajero se encontró haciendo una alianza con el pálido ser. Había pensado en acabarlo ahí mismo, pero el peculiar monstruo lo había convencido de que sabía cazar y que se conocía los caminos mejor que nadie. El héroe no podía negar que tenía hambre – y estaba perdido. Además no paraba de hablar de un “tesoro”, que según la criatura, valía más que todas las joyas juntas de los reyes elfos.

– Hola Sergio. – Saludó Amelia. Sus gafas de pasta negra parecieron salir de la nada. El diseñador dio un pequeño salto. – ¿Te asusté?

No. Salto en mi silla por placer, cabrona.

Cada vez que la comercial se acercaba al escritorio de Sergio, este debía respirar profundo. Se dio cuenta de que tenía en su mano una de las invitaciones. Así que ya habían llegado.

Esto no iba a ser bueno.

– Sergio. – Amelia usaba su tono debo-lidiar-con-gente-menos-inteligente-que-yo. – ¿Revisaste el código QR antes de enviar las invitaciones a la imprenta?

No, no lo revisé. Creé el código, lo pegué en el archivo y lo envié a imprenta. No me molesté en revisar si el link funcionaba. Estaba cansado, ya había trabajado más de cinco horas extra y tenía hambre.

– Sí.

– Gastamos 800 euros en estas invitaciones y si el código no funciona, será un desastre. – Sin otra palabra, la comercial dio media vuelta y salió del cuarto.

– ¡Alto! – Los dos viajeros pararon en seco. Lo último que esperaban escuchar era la voz de un ser viviente. Si no queréis que os degüelle, giraos lentamente.

Al voltearse, el héroe encontró una figura encapuchada no más alta que él. Esta los intimidaba con un arma blanca.

– Llevadme a ese tesoro del que habláis – Demandó el extraño y se quitó la capucha. Era uno igual que él – una hembra.

Al darse cuenta de que no volverían a imprimir las invitaciones (porque saldría demasiado caro), lo único que se le ocurrió a Sergio fue la idea de imprimir unos nuevos códigos QR en papel adhesivo y estos pegarlos en las invitaciones sobre los QR defectuosos.

La cara de Amelia se infló tanto al gritarle que Sergio pensó que sus gafas saldrían volando y le sacarían un ojo. Le dijo que era una idea estúpida y que cómo se le ocurría, que esa era una empresa seria blah, blah, blah…

Lenta y dolorosamente, los tres compañeros lograron descender la colina. El castillo estaba obviamente abandonado. Los viajeros se abrieron paso entre las ruinas y las telarañas que parecían tener más historias que una biblioteca. En medio de la planta principal se encontraba un altar, y sobre este un cofre dorado. Con la garganta seca, el héroe se acercó. Los otros dos lo seguían de cerca. Cuidadosamente, el viajero tocó el cofre con un solo dedo. No sucedió nada. No estaba maldito, o al menos parecía no estarlo. Con más confianza, colocó toda la mano y lo abrió. Adentro se encontró con un manuscrito. Cuando quiso cogerlo, salió volando a través de un vitral haciéndolo pedazos.

Así que ese día, como muchos otros, Sergio tuvo que hacer horas extras. Sorprendentemente, Amelia y Ernesto se quedaron con él y le ayudaron a recortar y pegar las pegatinas. Tal vez les dio lastima. ¿A quién no le daría?

– ¿Te mola Tolkien? – Preguntó Amelia después de un silencio.

Sergio se dio cuenta de que su bolso estaba abierto y que la cubierta del Sirmarillion, el libro que se estaba leyendo, se veía claramente.

– Si, está bien.

– Leí en un artículo que en la película del Hobbit no hay ni un solo personaje humano parlante. – Comentó la comercial.

– Pero si están los magos. – Señaló Ernesto rápidamente. Cogió otra hoja y comenzó a recortar.

– Técnicamente no los consideran humanos. – Agregó Amelia, pedantemente. – Te enviaré el link más tarde.

Los tres se miraron los unos a los otros incrédulos y sin decirse nada, salieron corriendo en busca del objeto volador. Todos querían ser el primero en tocarlo. Fantasías de riquezas incalculables se recreaban en sus mentes. Pasaron a través de un bosque de árboles muertos y encontraron el tesoro en el suelo. Brillando como si hubiese sido creado el día anterior.

Cansado, el diseñador llegó tarde a su casa. Calentó un cacho de pizza en el micro y se acostó en la cama con el portátil. En su bandeja de entrada ya tenía el mail que le había prometido la comercial. El título era FLIC.