The pussy

“The pussy is mine! Not yours!”
El bajo de la música amenazaba con reventarme los tímpanos. Las costillas, sostenidas sobre unos tacones dorados de 20 centímetros, se paseaban por la pasarela siguiendo el ritmo de la canción. Hambrientos y cansados se veían los pares de ojos que descansaban en las cuencas de los cráneos. Las hermosas telas de chiffon y seda envolvían los cuerpos, pero era como vestir el palo de una bandera.
Al terminar el desfile me encontré con él. Me sudaban las palmas de las manos. Me costaba respirar. Sus mejillas y su nariz estaban ruborizadas por el frío. Copos de nieve descansaban en sus hombros y cabello negro como un cuervo.
La conversación fue breve, incomoda. Me dijo que la colección le había parecido una mierda. Me dijo que se había comprado un bolso Yves Saint Laurent de 500 euros y que por eso todo el mes solo había comido pan y queso. Me dijo que me iba a extrañar. Me dijo adiós.
Y así se fue. Me quedé solo, frente a la Scala. Lleno de inquietudes y deseos reprimidos. De un “Te amo” silenciado. Empezaría pronto una función. Me pasó por al lado un hombre vestido de pies a cabeza en cuero. Lo único que no llevaba hecho del material era la corbata.
La estatua de Leonardo me miró, condescendientemente. – Pobre tonto. Hubiese dicho si pudiera hablar. – ¿Qué es lo que vas a dejar aquí?
– Mis ganas de vivir.
Milán es una ciudad fría, gris. Durante el invierno solo se hace peor. Es como si el ángel de la muerte expandiera sus alas y cubriera a ese pueblo de cadáveres vivientes.
Yo me sentía en casa, rodeado por estas plumas empolvadas. Milán está sola por convicción propia. Siempre lo ha estado, siempre lo estará. Como muchos solitarios, se ha creado una coraza para sobrevivir. Ella no le abre los brazos a cualquiera. Primero debes demostrar tu autenticidad pero una vez ganada su confianza, deslizará las cortinas y mostrará la vida que brota en las esquinas oscuras, como el musgo. Son flores technicolor alimentadas por el exceso de lujo, la sensibilidad al diseño y a la historia.
Caminé por Via Montenapoleone, donde los turistas chinos y rusos salían de Etro y Versace con, por lo menos, cuatro bolsas. Me hice paso hasta Via Pisani donde me encontré de frente a la estación central.
Adiós Milán, pensé y me fui a la que sería mi casa por una última noche.
Al día siguiente, me recordaron que mi visa se había vencido hacía dos días, mientras sellaban el pasaporte. Aquel documento decía a donde podía ir y a donde no. Donde podía vivir y donde no.
Como podía vivir y como no.
Milán, supongo que no era mi destino ser uno de tus soldaditos de plomo vestidos de Armani o Dolce & Gabbana. Siempre llevaré tu pequeño virus gris conmigo y trataré de contagiárselo a quien pueda.
Siempre te extrañaré,
Harald