Harald_Post

Estando en la cima de la montaña y mirando hacia el fondo del valle cubierto por las espesas nubes, Ludwig se percató de que pronto llegaría el viento del norte.
En la planta principal, los hombres disfrutaban de su tabaco, mientras que las mujeres bebían té y chismoseaban en otra habitación. En la planta superior, un señor de avanzada edad se sentaba en un viejo sillón frente a una biblioteca que iba del techo al suelo. Sus nietos se sentaban en el suelo, haciendo un medio anillo a su alrededor. La chimenea coloreaba el área con pinceladas de ámbar y reconfortaba a los presentes con su calor. El hombre de barba blanca y manos temblorosas, les sostenía la ilustración de una hermosa figura femenina. Era alta y tenía el cabello largo y liso. El boceto a grafito no tenía colores, pero según el viejo, tenían la piel pálida, los ojos grises y los cabellos blancos.
– ¡Como tú! – Le señaló uno de los niños.
El señor se río.
– Los suyos son mucho más hermosos. Mucho más. – El anciano continúo con su narración. – Como si nacieran de la unión de la luz y la nieve. Frías y cálidas a la vez.
De niño, Ludwig nunca cuestionó lo que se le había dicho. De adolescente, Ludwig se preguntaba si su abuelo decía la verdad o si eran efectos de la senilidad. De adulto se preguntaba si les mentía calculadamente o si era la mente la que le hacía malas jugadas.
Por más que quisiera aparentar una falta de fe, porque según Ludwig los hombres exitosos que contribuían a la sociedad no creían en leyendas y tampoco eran espirituales, siempre esperaba la llegada del viento que supuestamente traía ta las hadas. Tal vez algún día vería a esos seres hermosos perderse entre las nubes y al igual que su abuelo, morir enamorado.