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Estrés, corrupción, violencia, enfermedades, desastres naturales, accidentes absurdos…

Adán y, principalmente, su mujer, han cargado desde siempre con la culpa de meternos en este embrollo, traicionando la confianza de Dios y confinándonos a este pseudoinfierno-pre-paraíso. Y más allá de la metáfora, sea cual sea la transgresión de Eva, la leyenda más antigua de la creación en occidente, no deja de sonar rebuscada. Sobretodo cuando la misma historia explica entrelineas la verdadera razón de nuestros pesares.

Adán y Eva, Rubén y Clorinda si prefieren, el primer hombre y la primera mujer, solos en el paraíso para dar comienzo a una de las especies más fascinantes de la creación.

¿Pero qué se puede esperar de una raza que en sus primeras 3 o 4 generaciones se vio forzada a crecer a base de incestos, cuestionables o no, aunque necesarios? ¿Y no somos en realidad todos descendientes de esta fiesta procreadora?

Lo fantástico de esta revelación es que ¿no explica de una forma mucho más simple, lógica e incuestionable el fenómeno actual? Imaginen la sonrisa de un político que conoce las limitaciones de sus promesas de campaña pero no las dice, mientras saluda a sus votantes orgulloso, exitoso, demagogo… Es producto de un incesto. ¿Eso no lo explica todo? De la misma manera imaginen el fervor del ingenuo votante, batiendo palmas exultante, feliz por su victoria reciente… Es producto de un incesto. Gran parte de esas conductas que día a día se observan en la sociedad actual, ya sean bajas y crueles o nobles y heroicas, pueden de alguna manera ser explicadas por una de las leyendas popularmente más históricas, pero correctamente interpretada.

Lo que llama poderosamente la atención, es que bastaba un solo corrupto escribiendo en algún punto la historia, con esta nueva y lógica explicación, para que todos sepan que nadie es tan malo como parece, sino que es más bien una víctima. Imaginen de nuevo al político, esta vez sentado frente a un jurado: “-recuerden que nosotros recibimos un país que ya estaba en ruinas… y que soy producto de un incesto.”

Quizás en el momento preciso el corrupto no tuvo lo necesario; quizás fue mayor la vergüenza de asumir el triste origen de su especie. O quizás el corrupto no lo era tanto, y con un gesto noble quiso mantener la inocencia de la humanidad, como un niño al que le dejamos creer que existe Papá Noel.

Pero hemos llegado al punto donde la inocencia empieza a convertirse en ignorancia. Porque es una teoría tan fascinante, que incluso los más incrédulos ven sus paradigmas temblar, cuando piensan en ello y dicen: “El que escribió esto debe ser producto de un incesto.”