El fiel Ruslan_PostVladímov nos sitúa en un escenario fantasmal; un bosque neblinoso y frío, a las puertas de un campo de trabajo ruso, que, para sorpresa de uno de sus guardas, el perro Ruslán, está abierto. De nada sirven ya los alambres. No quedan reclusos a los que amedrentar ni fugitivos que cazar. No quedan amos. Y el fiel cazador caucásico no sabe qué hacer. Lo han soltado, a él también. Bueno, lo han abandonado. Durante la primera parte de esta novela, Vladímov, usando la voz del leal cuadrúpedo, consigue sumergirnos en la confusión más absoluta: todo aquello por lo que se sacrificó a hombres y valores, ha desaparecido. Ahora, para Ruslán reina el caos. Su vida no tiene sentido sin el Servicio. La confusión es total.

A continuación, seguimos la errática existencia del protagonista por esa tierra agreste, melancólico y atribulado, y la novela se vuelve algo sentimental. Ruslán se asociará a un ex-convicto para sobrevivir, aunque jamás abandonará la idea que cualquier día todo volverá a la normalidad. Una escena que llegará hacia el final, cuando él y sus compañeros –el fiero y sanguinario Dzhulbars, el gallardo Baikal e incluso el apocado Lux, entre otros– vean descender de un tren a una gran cantidad de hombres y mujeres que regresan a la aldea. El instinto llevará a la manada a escoltar a la marabunta hacia donde todo tiene sentido: “Los acompañaba a la luminosa morada del bien y de la paz, donde un orden armonioso los curaría de todas sus enfermedades.”

Censurada por la URSS, y desarrollada en base a un relato que el propio Vladímov escribió a finales de los años sesenta, la novela consigue hundir al lector en ese desapacible lugar donde uno tiene la impresión que aún humea la leña de las barracas quemadas; ese frío de las puertas abiertas. A través de los ojos de Ruslán, habitamos un mundo tan pacífico como caótico. Su tragedia puede leerse, en efecto, como una parábola del desconcierto que debieron causar las medidas tomadas por el gobierno de Jrushchov desde 1956, y sin embargo, uno cierra esta buena novela con la sensación de que Vladímov, al clavar su espada en el lomo de la miseria humana, pudo haber hecho mucha más sangre, para disfrute del lector, si en lugar ensalzar la fidelidad idiota del can, hubiese decidido hurgar en las cicatrices de los hombres. Aún así, el ambiente tenebroso y desconcertante de los gulags vacíos, y el silencio de ese bosque, roto tan sólo por los ladridos, son suficientemente admirables como para recomendar la prosa de Vladímov.