Condenada_PostMadison Spencer tiene trece años y está muerta. Es hija de una pareja de superestrellas de Hollywood, y murió por sobredosis de marihuana –o eso cree ella–. El caso es que ahora, así de buenas, se encuentra habitando el infierno junto a cuatro nuevos compañeros: un punk-rocker llamado Archer, el empollón Leonard, Babette, la animadora pija, y Paterson, el fornido jugador de fútbol americano. The breakfast club cambiando el instituto por el infierno, podrían pensar.

Pero no. Como cabría esperar en toda novela de Chuck Palahniuk, por ahora el autor no tiene intención de ahondar en la relación de los cinco, o de hacer avanzar la trama de un modo lógico y secuencial. Lo que quiere Palahniuk es ahondar en otras cosas. Quiere detenerse en el camino, y leernos la nueva edición de su indecente catálogo de escatología variada. Quiere que escuchemos sus guarradas. Palahniuk da la sensación de divertirse, más incluso quizás que sus lectores, mientras encadena sexo, muerte y mierda a tutiplén. Pero joder. El tío tiene gracia. Y encima, su prosa. La prosa de Palahniuk es casi musical, sus capítulos –tan cortos– parecen estrofas a las que no les faltan tantas repeticiones como las de un estribillo pop. Y claro, vas pasando páginas. A media novela, aún no tienes muy claro cuál es plan de Madison, pero ahí sigues. Hay que decir, por otro lado, que el hecho de tirar de flashbacks para explicarnos cómo murió Madison en realidad también ayuda, pero vaya, que él no cesa en su empeño de hacernos imaginar montañas enteras formadas a base de uñas de pié, o grandes lagos resultado de todo el semen desperdiciado, por citar algunos ejemplos de la geografía infernal en que habitan sus personajes.

Unos personajes que deambulan sin mucho rumbo aparente, tratando de sortear los peligros puntuales que surgirán en el camino. Demonios milenarios, orgasmos fatales, dictadores ilustres e incluso un trabajo como telefonistas separan a Madison y al grupo de Satanás, a quien la niña lleva evocando, de forma explícita (y en cursiva), desde el principio de cada uno de los 38 mini-capítulos que forman la novela. ¿Para qué? Buena pregunta. Condenada no pasará a la historia de la literatura y seguramente no vuelvan a pensar mucho en ella tras acabarla, pero puede que suelten algunas carcajadas. Que Palahniuk sigue siendo un escritor de prosa trotante y divertido es tan cierto como los síntomas que presenta, por otro lado, de necesitar unas vacaciones.