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Llegamos al año 2014 y los autos no vuelan. Las patinetas tampoco; las luces de casi ningún hogar se encienden con la voz, y estamos definitivamente lejos de habitar otros planetas. La imagen de futuro que teníamos para el nuevo milenio los niños que crecimos sin internet, no se parece tanto a este presente arcaico.

En cambio, los bancos tienen nuestro dinero, la brecha social es cada vez mayor, los medicamentos no son accesibles para todos, la crisis económica se acentúa por doquier y no parece que todo fuera a mejorar. En contrapartida, hemos logrado conectarnos de una manera que seguramente muy pocos habrán adivinado. Ahora tenemos vecinos a 500 kilómetros. Nuestra capacidad de organización ha trascendido la distancia, y como seres sociales y creativos que somos, hemos buscado soluciones a nuestro alcance, utilizando la tecnología que el mismo sistema pone a nuestra disposición.

Así nació el consumo colaborativo, hijo “no deseado” de la democracia y el progreso; a éste último, además, se le atribuye un romance con el capitalismo. Una idea es suficiente para transformar la vida de millones de personas. Además de la propia, claro está. La lista de sitios web a través de los cuales intercambiamos productos y servicios se acrecienta cada día. The pirate Bay, Megaupload, Wikileaks, Airbnb, en casi todos los casos una persona, o grupo, se hizo millonario  con una idea brillantemente polémica, que absolutamente siempre brindó un beneficio a todos los usuarios. Es decir, se fueron creando comunidades de manera espontánea, para acceder a servicios y beneficios que antes no estaban tan al alcance.

Este “no estaban tan al alcance” es fundamental para entender el proceso que se está llevando a cabo hoy. La polémica se centra principalmente en la actividad del Crowdfunding, sitios que han alcanzado una gran popularidad al ofrecer financiamiento de gente que dispone de recursos y participa de proyectos que le gustan, de manera voluntaria y libre. En varios países ya se han impulsado normas para reglar la actividad, limitando tanto las donaciones como el total que puedes recaudar.

Yo no soy economista, y debo reconocer que no entiendo muchísimo. Pero no hace falta ser un genio para ver que el Crowdfunding afecta de alguna manera la economía; es la única manera de entender el intervencionismo de los estados.

Pero mientras el tema sea abordado desde la lógica económica actual, y del peligro que estas actividades representan para lo que se ha establecido como bases y avales del sistema que nos rige, nunca dejará de ser percibido como una amenaza.

El análisis me lleva a pensar que están sucediendo cambios radicales en el aspecto social, que el aspecto económico no acompaña. Los líderes mundiales lo saben e intentan adaptar las leyes de la economía off line, al mundo virtual que se va reinventando a cada minuto. El riesgo de no hacerlo, es que la organización social alcance dimensiones en las que hasta su integridad física se pueda ver amenazada. Después de todo, lo que el Consumo Colaborativo resuelve, no lo resuelven las leyes que el sistema actual esgrime, ni sus líderes.

En este contexto, el choque entre el sistema y la sociedad será cada vez mayor. Los nuevos paradigmas sociales deben primar sobre los viejos paradigmas económicos. Limitar las aportaciones de los business angels; la exigencia de contar con un permiso especial para poder hostear a alguien en tu hogar; la amenaza de cárcel por descargar una canción que te alegrará la mañana; todos ejemplos de medidas que no sintonizan con el mundo tal y cual lo vivimos hoy en día, sino que pretenden eternizar un modelo cada vez más obsoleto por su propio uso.

El Consumo Colaborativo es una bendición para los usuarios. Es la mejor noticia desde que Internet fuera inventada. Cada acción que se tome contra la actividad, tendrá un costo social del que, llegado un momento, los líderes incapaces de repensar la humanidad no podrán escapar. Desde este punto de vista, es un escenario alentador. El verdadero peligro es que la guerra entre lo social y lo económico, se extienda por mucho más tiempo del que dicta lo obvio.