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Paralizado en la Plaça dels Àngels, soy un cono que los skaters sortean antes de elevarse con sus patines y realizar una nueva y rampante pirueta. Estoy en uno de los centros neurálgicos del barrio de El Raval, en Barcelona, y tengo delante el templo del arte contemporáneo de la ciudad: un edificio formidable y blancuzco que una chica trata de perfilar sobre
su cuaderno de dibujo, sentada en el suelo, unos metros detrás de mí. MACBA y CCCB son la lanzadera perfecta para proyectar una imagen moderna y culta de Barcelona. Sin embargo, pienso, el arte contemporáneo que mejor parece producir la ciudad es el de vender su propia imagen.

Los museos, como La Filmoteca o las nuevas facultades de la UB, forman parte de los nuevos equipamientos que la administración viene instalando en El Raval a raíz del boom olímpico, con el fin de dotar al barrio de cierto interés cultural y turístico. Pero la remodelación tuvo un segundo interés. Se trataba de acabar con el estigma de Barrio Chino; es decir, desplazar a las generaciones de emigrantes españoles que habían llegado atraídos por las exposiciones universales y el auge industrial, y promover la llegada de una clase media más recatada, o directamente burguesa, que sin embargo jamás llegó a instalarse, como tampoco los otros a esfumarse del todo. Los que sí llegaron, y en manada, fueron los inmigrantes asiáticos y magrebíes.

La calle Joaquim Costa es la principal arteria de la zona norte del barrio. En esta calle nació el escritor Terenci Moix. Un dato idiota, me digo, mientras observo las sábanas y las bicicletas del vecindario cómo cuelgan de los balcones de las calles adyacentes. Aquí todos parecen ir a su aire, hablando un idioma imposible. Colmados asiáticos, restaurantes sirios y bares chachis se disputan su hegemonía comercial. A pesar del colorido, El Raval mantiene su aspecto decadente de zona portuaria, su urbanismo tortuoso de calles estrechas, y ese eco de novela de crímenes victorianos. Uno, paseante y nostálgico de un tiempo no vivido, observa lo que figura son vestigios de las viejas clases obreras que hace un siglo inauguraron el sindicalismo catalán, fundaron la UGT y se armaron con pistolas para hacer una revolución que no culminó, y luego, una guerra que perdieron.

Pensando en eso ando, y mis pies me llevan hasta una calle estrecha donde impera un silencio que sólo rompen los murmullos de las almas que la habitan. Y juro: Maldita sea, no quería pasar por aquí. Parece que ha anochecido de golpe. Hay algún bar abierto, y comercios con la persiana medio bajada. Inevitablemente, miro y sólo alcanzo a ver las sandalias con calcetines de quienes regentan esas moradas. Dos jóvenes, parados a pocos metros delante de mí, hablan entre susurros y me da la sensación de que traman cómo desplumarme. Experimento el miedo que tuvo que sentir Jonathan Harker al llegar a Transilvania.

Cuando vuelvo a levantar la cabeza, veo allí al fondo la calle Sant Pau. Ahora estoy rodeado de gente que parece pasear en círculos. Hay señoritas silbando y apoyándose en los pórtales, cerca de los artistas fracasados del disimulo; la urbana patrulla para intimidar, y a veces habla con un par de jóvenes ataviados con indumentaria deportiva. En esta parte de El Raval, la sensación de que en cualquier momento puedes toparte con cualquier tipo de persona, o de freak, como el tipo de los pies para dentro, aumenta considerablemente. Hay cámaras de vídeo-vigilancia y una nueva novísima Filmoteca de Catalunya; al parecer, al vecindario le interesa mucho Jean Luc Godard.

También culta es la referencia a Jean Genet, el ladrón poeta, el marica asalta-iglesias a quien la administración le ha dedicado una plaza cerca de las Drasanes. Remontando desde ahí, llego a la Rambla del Raval. Hay un grupo de turistas subidos encima del gato de Botero, haciéndose fotos. Y me entristezco, casi sin saber por qué. Hay borrachos. Hay gente con perros sucios. Un hotel de lujo, idóneo para contemplar el famoso multiculturalismo de la ciudad y de su barrio más mestizo. Y también vendedores ambulantes de zumo de cebada; síntoma inequívoco de que cae la noche.

Es difícil, cuando se es demasiado joven (y por lo tanto impresionable) o demasiado hipster, no dejarse llevar por la frivolidad. El permisivo horario hostelero, la cantidad de bares y la cercanía de las discotecas hace de El Raval un barrio agitado noche tras noche. Sus calles orinadas y ruinosas sirven de atrezzo vintage a un gran número de jóvenes, que experimenta la sensación de formar parte de esa imagen de la transgresión, la estética de la rebeldía. Como modelos de una revista de tendencias. Esa imagen, sin embargo, es sólo otro producto que compramos a 8 euros la copa, y que parece demostrar nuestra condición de esclavos felices, de idiotas joviales, o de hijos
de papá.

Si me preguntan, diré que me gusta pasear por El Raval. Dudo que pudiese vivir en él y acostumbrarme a su ritmo de vida, el ritmo de vida de un comercio que abre a las diez y que cierra de madrugada, pero es el centro de Barcelona; y eso, y más aún para los llegados de fuera, aunque no vayamos a bares recomendados en guías del ocio ni circulemos con fixed gear, es, sigue siendo, atractivo, a pesar de todo.